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 Hubo una vez en que la Luna cayó del cielo.

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Valayseth van Zeissen

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MensajeTema: Hubo una vez en que la Luna cayó del cielo.   Vie Oct 07, 2011 2:09 pm

Parecía que cada vez mi paisaje preferido estaba más lejos. Porque aun teniendo mis pies descalzos sobre la arena húmeda por las olas, aun sintiendo la brisa fresca sobre mi piel y mi cabello, me sentía lejana a aquel lugar. Por alguna razón que no compredía me sentía lejana a todo y todos. Sabía que él estaba allí, estaba demasiado atenta. Supongo que porque quería verle, y me imaginaba que vendría, ya que, parecía que últimamente era la orden del día. Y no me disgustaba, con él podía ser yo, completamente. No tener tapujos, hablar de lo que fuera. Con él me sentía como con nadie.
Como siempre, su saludo era acercarse por detrás y rodearme con sus brazos. Entonces era como si me transportase a otra dimensión en el mismo lugar. Como si fuese otro mundo totalmente diferente. Totalmente nuestro. En algún momento de ese abrazo tan cálido, me pregunté por qué me trataba así. Pero no quería preguntárselo, porque su respuesta me daba miedo. Hacía algo de frío, sin duda, pero su abrazo lo solucionaba todo. Enredarme en sus brazos era como si cambiase automáticamente la temperatura de mi cuerpo, y entonces, ya no hacía frío. Pero me zafé de sus brazos y me senté, con las rodillas flexionadas, apoyándome en las manos, un poco echadas hacia atrás, lo cual provocaba un encogimiento de hombros. Él estaba justo detrás de mí, pero decidió sentarse a mí lado, y aunque el paisaje del mar chocando contra la arena, el horizonte púrpura, anaranjado, y rosáceo era maravilloso y yo lo observaba, él se sentó mirándome a mí.

- ¿No preferís ver el paisaje?

- El paisaje puedo verlo todos los días, pero a vos no puedo.

- ¿Y por qué querríais vos verme todos los días?

Él sonrió, de una manera muy dulce, tanto que me cautivó y me conmovió, y me dieron ganas de hacer algo que no sabía, algo que no tenía claro. Me tumbé en la arena, observando el azul celeste que tornaba a oscuro, y algunas últimas nubes. Él se tumbó a mi lado, de nuevo mirándome. Con la mano derecha (la que no quedaba contra la arena), acarició mi mejilla más cercana a él con el dorso de la mano, muy suavemente, como si fuera una seda lujosa, cara y exótica de las que se traían del sur. Entonces, pensé que lo que decía era cierto. Podía ver ese paisaje todos los días, y si moría al día siguiente, prefería haber visto por última vez su rostro. Así que me giré para estar de lado en vez de bocarriba, y miré sus ojos ambarinos, brillantes como piedras preciosas. Sonreí, porque su rostro me hacía gracia. No porque fuera feo, o guapo, o lo que sea... sino por las sensaciones que me hacía sentir al mirarlo. Ver mis ojos reflejados en los suyos, ver sus labios, algo carnosos morderse. Sus colmillos, algo más afilados de lo normal, que cuando sonreía de forma abierta se veían y a mí me parecía encantador.

- Decidme algo, por favor... me estáis matando con vuestra mirada.


Última edición por Valayseth van Zeissen el Miér Oct 19, 2011 5:53 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Hubo una vez en que la Luna cayó del cielo.   Sáb Oct 08, 2011 10:06 pm

Era tan bella como la luna o el cielo. Tan misteriosa como el viento o el mar. Era mucho más. Era tan impresivible que nunca sabía realmente qué hacer. ¿Por qué quería verla todos los días? Para qué responder a eso, si ella probablemente ya lo sabía.
Y sin embargo, me preguntaba a mí mismo si ella querría verme todos los días como yo a ella. ¿Querría? ¿Qué significaría todo aquello? No había nada en el mundo que me hiciese más feliz que cuidar de ella, aunque no lo necesitara, pues se las arreglaba muy bien ella sola y siempre lo había hecho. Quizás era egoísta por mi parte. Sus ojos verdes me miraban, atentos y alegres, brillaban igual que el sol más luminoso. Sonreía y todo su rostro se iluminaba, hasta yo me iluminaba, hasta mi rostro se contagiaba de esa bella sonrisa que ella tenía. Tan blanca, tan sincera. Qué podía decir, si quería decirlo todo y no decir nada.

- Me fascináis.

Fue lo único que pudo salir de mi boca, escopeteado con ternura. Una ternura que hacía años que no sentía. Una ternura que me daba miedo mostrar, por mucho que confiara en ella. Qué pensaría de mí, después de mis estúpidas palabras. No me haría daño, y si lo hacía, a mi me daría igual, porque demasiado la necesitaba como para irme de su lado. Lo curioso es que éramos simples amigos, y quizás así era mejor. Ser amigos y ya está, porque todo se complica cuando dos amigos acaban siendo pareja. Pasa siempre. Yo sólo quería estar con ella sin tener que pensar en nada más, porque ella aliviaba todo lo triste que había en mí. El sentimiento triste o melancólico que ella muchas veces encontraba en mis ojos desaparecía si ella sonreía o hacía cualquier cosa que me hiciera gracia. No siempre, a veces yo seguía teniéndolo. En realidad, no entendí nunca por qué, no era una persona realmente triste, aunque me pasaran cosas horribles en un pasado.

Sentí que ella tiritó de frío, y como yo tenía algo de calor, me quité la camisa que llevaba y decidí dárselo. Sus centellearon un segundo y se lo puso rápidamente. Me había quedado sin nada con lo que vestirme, pero me daba igual. Cierto que hacía algo de fresco cuando la brisa tocaba mi cuerpo, pero no me importaba. Me quedé de pie, y miré el mar que años atrás mi padre había surcado con no buenos fines, pero con coraje. Pero, lo que me cautivó realmente de aquel paisaje fue la Luna, que se encontraba en lo alto del cielo, más blanca que nunca, redonda y llena. Todos los hombres, amaran el mar o no, también ansiaban la Luna. Quién sabe por qué sería. Había historias y leyendas sobre eso, también sobre los océanos e historias sobre mujeres y el Sol o los bosques.
Noté su mano posarse sobre mi hombro lentamente y colocarse a mi lado para observar y admirar ese punto lejano en el cielo. Y su piel me recordó al satélite más hermoso del mundo. Parecía como si un pedazo de la Luna se hubiese desprendido y la hubiese formado a ella, solo que infinitamente más bella, claro. Hubo silencio, pero no era incómodo. De hecho era acogedor, porque yo sabía lo que ella estaba escuchando, porque yo también lo hacía: las olas del mar y las hojas de los árboles chocar entre sí por la brisa.

- Estoy seguro de que hubo una vez en que la Luna cayó del cielo y os formó a vos, sólo que vos sois mucho más misteriosa, más atractiva, increíble y hermosa- la miré y sonreí curvando los labios, sin llegar a enseñar los dientes e impulsivamente mi mano izquierda, que era la más cercana a ella, se posó sobre su mejilla-.
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Valayseth van Zeissen

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MensajeTema: Re: Hubo una vez en que la Luna cayó del cielo.   Sáb Oct 15, 2011 11:02 pm

- Me fascináis.

Buen comentario. De hecho me alegro mucho en ese momento. Le había cogido mucho cariño a Élet, quizás porque sabía escuchar, sabía hablar (y eso es más importante de lo que puede parecer), y sobre todo, sabía entender. En ese momento la brisa se hizo más presente aún, y todavía más fría. Mi cuerpo temblo por un segundo, y él lo supo. Lo notó. Aunque sólo hubiese sido un segundo, él se daba cuenta de esas cosas, y con su infinita caballerosidad, me cedió su camisa para cubrirme que, aunque no era mucho, era suficiente por el momento. Recordé que mi casa estaba al lado, pensé que quizás más tarde habríamos podido ir y calentarnos con algo de leña. Quizás se lo propondría luego.
Él se quedó de pie mirando el mar, que reflejaba oscuro en sus ondas la luna llena y blanca. Yo me levanté decidida y me coloqué junto a él. Parecía completamente ausente y pensativo en algún recóndito lugar de su mente, indagando algún recuerdo. A los pocos segundos me miró, y se colocó frente a mí, posando su mano en mi mejilla mientras decía unas palabras realmente cautivadoras y sensibles, algo impropias de él:

- Estoy seguro de que hubo una vez en que la Luna cayó del cielo y os formó a vos, sólo que vos sois mucho más misteriosa, más atractiva, increíble y hermosa.

Sonreí, algo sonrojada después de esto. Y, aunque no lo he descrito anteriormente, en mi cabeza estaba asentada la imagen de sus pectorales y su abdomen, el cual nunca había visto desnudo y ahora que ya lo había observado, tal maravilla se quedó grabada en mí. No puedo describir en este momento lo que sentí al ver aquella imagen, pero su cuerpo era... simplemente perfecto.
Mientras tenía su mano izquierda sobre mi mejilla derecha, los dedos de mi mano izquierda rozaron su abdomen, hasta acabar posados ahí junto con la palma de mi mano. Todo muy despacio, suave y sin dejar de mirar sus ojos. Su respiración, al igual que la mía, se hizo casi imperceptiblemente, un poco más fuerte. Mi mano fue subiendo, contrariamente a lo que hubiese querido, pero prefería que fuera así. Subió a hasta su pecho, y tal cual, yo me acerqué a él. Su mano pasó de mi mejilla a la nuca, y su otro brazo me rodeó la cintura. Mi boca, a la altura de su oreja, susurró estas palabras:

- Vayamos a mi casa, Élet, aquí empieza a hacer frío y allí tengo ropa y comida caliente.

- Está muy lejos...

- No, la que está lejos es la de mi hermana; la mía está aquí, muy cerca, ya la veréis.

Fuimos sin demora, caminando por la arena, subimos un poco por el bosque, entre los árboles. Desaté a Gauddelen y le quité los estribos, y toda la montura menos la silla, eso último vendría después. Tras un par de minutos caminando tranquilamente, avistamos mi casa a unos metros. La parte trasera estaba parcialmente cubierta por los árboles y la delantera daba al acantilado. Ví cómo Élet se sorprendió un poco al verla, y sonrió sin llegar a enseñar los dientes. Cuando estuvimos cerca, metí a Gauddelen en el establo con ayuda de Élet. El establo era sólo de dos plazas, pero era acogedor para la yegua, yo sabía lo que a ella le gustaba, al fin y al cabo, no tenía demasiada complicación. Tenía agua, comida y la paja alcochaba el suelo para que dormir de pie no fuera tan incómodo. Nunca llegué a comprender como aquellos elegantes y espectaculares bestias, a la hora de dormir eran tan sumamente insípidas. Quité el resto de la montura y la dejé sobre la puerta de la casilla y puse sobre Gauddelen una manta de yute.

Élet y yo entramos a la cabaña con mi llave, la cual llevaba guardad en el pecho izquierdo. Cuando entramos, la dejé en un cuenco que se encontraba sobre una cómoda a la derecha de la puerta, pegado a la pared. Se veía justo enfrente a unos cinco pasos las escaleras a la segunda planta. En medio un sofá, una alfombra, y pegadas a las paredes varias estanterías con libros, libros y libros, mapas, manuales, y algunas figuras. Detrás de las escaleras estaba la puerta que daba a la cocina. Sin embargo, mi prioridad era subir arriba a coger ropa de abrigo para mí y sobre todo para Élet, que iba a coger un resfriado como no se pusiera algo. Quería que no lo notara, pero sabía que tenía frío, su piel estaba congelada cuando le había tocado en la playa. Le dije que me siguiera. Cuando subí a mi habitación, abrí el armario y saqué un jersey bastante ancho para él, se lo dí y le dije que se girara. Mi intención era quitarme su camisa y ponerme una mía. Cuando lo hice, se giró y se vistió. Yo así lo hice también y bajamos. Él se quedó en el porche y yo fui a por algo de chocolate caliente. Cuando se calentó, le brindé una taza y yo me quedé con la mía. Ambos nos sentamos en unas sillas que había puesto él ahí a petición mía y dejamos los recipientes sobre una mesa de café, que ya estaba ahí con anterioridad.

Yo le miré, tranquila y algo cansada, no tenía sueño, pero me sentía algo abatida. Él me sonreía y yo decidí estirar mis piernas y ponerlas sobre su regazo. Mis pantorillas quedaron sobre sus muslos y mis pies por fuera. Me había quitado las botas y sólo llevaba los calcetines, para estar más cómoda. Me gustaba aquello, era increíblemente agradable. Sólo esperaba a que dijera algo, lo que fuese.
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MensajeTema: Re: Hubo una vez en que la Luna cayó del cielo.   Dom Oct 16, 2011 4:57 pm

Su hogar era acogedor, no pequeño, pero tampoco inmenso, lo cual lo hacía cálido y amable. Cuando subimos a su dormitorio para que ella se abrigara con su ropa y me devolviera mi camisa -la cual no tenía urgencia por recuperar- y me di la vuelta para no verla desnuda, sentí unas ganas fuera de lo normal de girarme y ver su cuerpo. Pero aunque yo podía ser muchas cosas malas, era un caballero, y más si se trataba de ella. Lo último que quería era perder su amistad por un desliz tonto y estúpido.

Tiempo después, no demasiado, nos encontrábamos en el porche al lado del a puerta. Era espacioso, no masivamente, sólo lo suficiente para un par de sillas, una mesa de café y contemplar las olas del mar y la Luna, un poquito más cerca. Sus pantorrillas se apoyaban en mis piernas, y yo la miraba todo el tiempo, aunque ella a mí a ratitos. Sabía lo que yo hacía, y quizás eso la incomodaba. Pero era comprensible. No acostumbraba, por lo que me había contado, a ser amiga de un hombre y que ese amigo la mirara todo el tiempo. Ella no entendía por qué lo hacía, no sé si lo decía en serio o era para fastidiarme. Casi sin darme cuenta el chocolate caliente se acabó. Decidí levantarme antes que ella a dejar las tazas en la cocina, necesitaba despejar un poco mi mente, y con su rostro y su cuerpo delante no podía conseguirlo del todo. Agarré los recipientes y los llevé y dejé en la pila de agua. Me apoyé en la encimera de mármol claro. Agaché la cabeza y cerré los ojos. Las encimeras estaban enfrente de la puerta, la despensa a la derecha, justo cuando entrabas. A mi izquierda se encontraba una puerta que daba hacia un patio interior, algo pequeño, para colgar la ropa mojada de unas cuerdas. La puerta era de madera de caña o bambú, con un cristal en medio. Los rayos de la Luna lo traspasaban y la cocina estaba iluminada por ella mínimamente.

Entonces, no sé cómo, sentí sus pasos avanzar hacia mi posición. Sabía cómo andaba ella, eran pasos elegantes y dulces. La gente pensaba que era despiadada y manipuladora, y lo era en realidad, pero no conmigo. Y yo no sabía si era por algo especial o sólo porque era su único amigo, o porque... no entendía absolutamente nada. Estaba confuso. Me giré, y allí estaba ella. Con unos pantalones de terciopelo color vino y calcetines de lana gruesa; pero no llevaba ahora el jersey, sólo una blusa de tirantes blanca, de gasa. Era dulce, dijera lo que dijera ella o quien fuera. Ambos estábamos serios, y yo... yo ya no me podía contener más. Me avalancé sobre ella, agarrándola de la cintura, pero pasando antes mis manos por debajo de la blusa, y la besé, la besé como nunca había besado a nadie. Ella puso sus manos sobre mis mejillas, para luego arrastrarlas rodear mi cuello con los brazos. Yo sentía su piel caliente en mis manos, su cintura fina y curvada. Sentía sus labios, carnosos y suaves contra los míos. Y jugaba conmigo, jugaba con mi lengua y yo con la suya sin parar. Sentía su mano derecha sobre mi nuca y la otra sobra mi omoplato izquierdo. Y mis manos subían por su espalda, pero estaban frías y su reacción era arquear la espalda y pegar su pecho contra mí. Su respiración se agitaba, igual que la mía y ya no había más frío ni más nada, sólo calor, su cuerpo y el mío. Ella me agarraba cada vez más fuerte, pegándose a mí y yo deslicé mi boca hasta su cuello y su oreja, y entonces le dije:

- Te deseo.

La agarré de las caderas esta vez y la alcé para cargarla sobre mí, ella cruzó las piernas alrededor de mi cintura y los brazos por mi cuello. Caminé hasta las escaleras, que las subí con dificultad, ya que no parábamos de besarnos una y otra vez contra la pared. Sonreíamos, nos mordíamos los labios, respirábamos fuertemente, lamía su cuello y ella el mío. Llegamos a su dormitorio, y lentamente, sin soltarnos, nos tumbamos; ella abajo y yo sobre ella, pero me empujó y me agarró del cuello del jersey, avancé por el colchón con las rodillas a por sus labios y ella hacia a mí. Metió sus manos por debajo de la ropa, rozando mi abdomen con sus dedos delicadamente, con suavidad, alzando así la ropa para quitármela. Dejó mi torso al descubierto y antes de cualquier otro acto, mis manos fueron a su espalda, quitándole la blusa por detrás, despacio. Sus pechos eran perfectos, cabían en mi mano, pero con dificultad. Eran de un tamaño ajustado, proporcionado con el resto de su maravilloso cuerpo. Eran tersos, suaves... Entonces me senté con las piernas estiradas y ella se quedó tal cual, de esta manera, quedé bajo ellos. Rodeé su cuerpo de nuevo acariciando su espalda y posando mis manos sobre sus nalgas. Lo que deseaba, lo hice: pasé mis labios y mi lengua desde su ombligo hasta debajo de sus pechos, muy lentamente, porque sabía que le gustaba. Su piel se erizaba y echaba la cabeza hacia atrás, mordiéndose el labio. Y llegó el momento de hacerla disfrutar más que nunca.
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Valayseth van Zeissen

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MensajeTema: Re: Hubo una vez en que la Luna cayó del cielo.   Miér Oct 19, 2011 6:16 pm

Con la Luna sobre mi cabeza, me había dejado sola y tardaba en regresar. Observando, me di cuenta de que me había manchado de chocolate el cuello de mi jersey; decidí quitármelo y me quedé con una blusa de gasa blanca, no hacía tanto frío en ese momento. Decidí ir a buscarle, no me gustaba estar sola si realmente no lo estaba. Lo ví apoyado en la encimera de la cocina, con la cabeza gacha. La luz de la Luna iluminaba si piel y la dejaba clara, al igual que la mía. Dejaba la estancia algo enigmática. Se giró, y ambos nos miramos serios. En nuestro silencio sepulcral, se oía de fondo la brisa chocar contra las hojas de los árboles.
Élet resopló casi imperceptiblemente y para mi sorpresa -o no tanta sorpresa-, se avalanzó contra mi cuerpo para juntar sus labios con los míos, a la vez que escurría sus manos debajo de mi blusa hasta dejarlas en la espalda, la cual agarraba muy fuerte como si creyera que me iba a escapar. Pero yo no quería escaparme, de hecho había deseado que ocurriese aquello muchas veces, y me lo había imaginado otras tantas. Entre tocamientos, besos, mordiscos y respiración entrecortada, me agarró de las caderas, y con impulso me subió para arriba como un paso de baile, para cargarme sobre él. Crucé las piernas alrededor de su torso y mis brazos por su cuello. Él comenzó a andar con dificultad y subió las escaleras a trompicones, ya que yo no podía parar de querer sentir sus labios contra los míos.

Cuando llegamos arriba, a mi dormitorio, él me posó sobre la cama y lo hizo conmigo. Acabó apartándome la blusa, dejando mis pechos al descubierto y, me decepciono que al verlos no cayera, sino que se sentara a su altura y no los tocara. Sin embargo, besó mi abdomen y entonces me tumbó hacia atrás, para colocarse él encima. Me besó varias veces y entonces fue a mi oído, para morderlo y seguir por el cuello. Lo lamía y bajaba, bajaba por mis clavículas y dejaba saliva en ellas, acariciaba mi costado con los dedos y me estremecía la columna, y me erizaba la piel, y me arqueaba la espalda. Sentía sus labios sobre mi vientre, mi abdomen, mis costillas... y me encantaba sentirlos sobre mi piel, acariciándola despacio. Agarraba mis pechos con las manos y lamía mis pezones con suavidad, son querer hacerme daño; pero, eso no le impedía morderlos de vez en cuando, y de esta manera, hacer que yo me mordiera mi propio labio. Sin embargo, decidí tomar las riendas del juego y retarle esta vez. Quería ser yo la que mandara en esto.
Le empujé hasta que quedó tumbado y yo sobre su cuerpo. Mis dedos recorrieron su torso hasta su pantalón, del cual me deshice rápido con su ayuda. Llevaba la muda y notaba un bulto considerable bajo ella. Sonreí para mis adentros, y me sonrojé, pero no de vergüenza, sino de excitación. Me relamí y bajé lo que quedaba de su ropa. Agarré su miembro entre mi mano derecha. Ardía en deseos, y por su rostro, que me miraba con las pupilas dilatadas, sabía que él también. Gateé hacia atrás y bajé hasta él, lamiendo desde la base hasta la punta, pasé mi lengua por los lados, queriendo sacar su desesperación. Cuando me susurró un por favor, decidí que era el momento: me llevé su miembro a la boca y me lo tragué entero, sintiéndolo palpitar en mi garganta. Una y otra vez lo metía y lo sacaba y notaba una de sus manos sobre mi cabello, no empujaba, sólo agarraba mi melena. La otra mano arrugaba con fuerza la sábana. Podía oir sus jadeos, unos leves gemidos casi susurrados, notaba sus suspiros, y yo miré sus ojos, y cuando sacaba su miembro de mi boca para lamer la punta, le sonreía con picardía. Me subió, agarrándome de un brazo y me besó, a la vez que me agarraba de las nalgas. Supuse que quería empezar ya, y cuando intenté colocar su miembro en la entrada de mi sexo, el me separó y negó con la cabeza mientras sonreía, él también con malicia.
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MensajeTema: Re: Hubo una vez en que la Luna cayó del cielo.   Dom Nov 06, 2011 10:36 am

Después de lamer su vientre, ella decidió controlar la situación. A mí me gustaba mandar, pero si quería dar el primer paso no se lo iba a impedir, no era tan sumamante estúpido. Continuando, ella me empujó, haciéndome quedar tumbado bocarriba y se colocó encima de mí. Me excitaba tenerla así, sintiendo su pecho respirar contra el mío. Su cuerpo estaba caliente, emanaba calidez.
Me intentó quitar los pantalones, yo doblé las rodillas para hacerlo más rápido y volví a mi posición inicial. Miró mi ropa interior, sabiendo que estaba excitado y que mi miembro estaba respondiendo a su cuerpo y todo lo que estábamos haciendo. Lo sacó, y lo agarró con la mano; lentamente pasó su lengua desde la base hasta la punta. Sabía lo que quería hacer. Y siguió pasando la lengua por los laterales, despacio, y yo sentía su cálida lengua rozando mi glande. Palpitaba. Ardía en deseos de acabara con ese juego y empezara otro. Entonces, cuando susurré un “por favor” de súplica, porque no aguantaba más, sonrió satisfecha y se metió mi miembro en su boca. Sentía el placer de su boca recorrerlo, y me inundaba de suspiros. Lo sacaba una y otra vez, y al mismo tiempo me masturbaba. Lo llevaba hasta su garganta, y me sacaba suspiros y jadeos que hacía tiempo no salían de mí. Clavaba de vez en cuando su mirada en mis ojos, con ánimo de provocarme aún más. Tras un buen rato, hice que subiera hasta mi boca y besarla. Ella creyó que yo buscaba acabar con todo, pero no era esa mi intención.

La aparté de mí hacia un lado, dejándola boca arriba, y yo me puse encima de ella. Besé su cuello, el lóbulo de su oreja, la mordí y lamí también sus clavículas. Su piel se erizaba entera. Fui bajando hasta sus pechos, y fui recorriendo su abdomen despacio, dejando mi saliva por su cuerpo. Entonces, llegué a sus ingles y con los dedos acaricié sus muslos por la parte trasera. Decidí chupar la parte interior de sus muslos, cercana a su sexo. Dejé saliva, hice dibujos con la lengua. Era sensible a esas zonas. Me acercaba peligrosamente a su intimidad, para provocarla. La miré, y ella tenía la espalda arqueada, los ojos cerrados y se mordía los labios. Decidí posar entonces mi lengua en su clítoris, y ella soltó un gemido muy leve. Lamí de arriba a abajo un par de veces todo su sexo, que empezaba a mojarse y se sentía cálido. Pero todo lo hacía de una forma muy superficial, hasta que ella movió levemente sus caderas, queriéndome decir que continuara un paso más allá. Chupé haciéndolo lo mejor posible, y notaba cómo se contraían sus músculos. Bebí de ella como si fuera un cántaro, deseaba pobrar cada centímetro. Hundí mi lengua en su sexo, y ella soltó un gemido que a mí oirlo, me excitó mucho más de lo que ya lo estaba.

Entonces, me separó la cabeza de ella y se incorporó, quedándose de rodillas frente a mí. Su larga melena roja caía sobre su cuerpo, en contraste con su pálida y hermosa piel. Ante mí, se veía la más bella. Colocó la pierna izquierda en mi lateral derecho, e hizo lo mismo con la otra. Y entonces, se sentó sobre mí, colocándose mi miembro en su entrada. Despacio, fue sentándose, y yo notaba como iba entrando lentamente, hasta que estuvo toda dentro, y ella respiraba muy fuerte, pegada a mí, suspirándome al oído.

OFF: se ha quedado fatal, siento la espera, pero en fin, ya te he contado.
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MensajeTema: Re: Hubo una vez en que la Luna cayó del cielo.   Sáb Nov 12, 2011 3:18 pm

Después de haber provocado en mí un placer que hacía tiempo que no sentía, con su lengua, yo ya no podía aguantar más. Necesitaba sentirle más allá de besos, caricias y todo lo que había pasado. Hice que se sentara, para hacerlo yo a horcajadas sobre él. Muy despacio, coloqué su miembro en mi entrada. Estaba nerviosa, hacía tiempo que aquello no me pasaba, y aunque no era una novata... él no era como cualquier otro. Él no era un cliente, yo no le estaba dando mis servicios, él no me iba a pagar y yo no iba a cobrar. Esto era ya muy diferente.

Me senté sobre él, y su miembro me penetraba despacio, y yo lo sentía cada vez más dentro. Era grande, y me estaba costando porque me dolía un poco; sin embargo, cuando entró entero en mí, todo cambió. Empecé a mover mis caderas, a suspirar en su oído, a gemirle muy cerca. Él también jadeaba, y yo posé mi mano derecha sobre su nuca, acariciándole. Mi otra mano, se posó en su espalda, cerca del omoplato, sólo que no acariciaba, clavaba mis uñas suavemente, sin hacerle daño por el momento. Él me agarraba de la cintura y yo me movía, despacio, como un baile suyo y mío. Rozaba mi cuerpo contra el suyo, su aliento cálido se pegaba a mi cuello y me estremecía. Sus manos se pegaban a mi cintura, recorriéndome la espalda, recorriendo mis nalgas y apretándolas contra él. Yo arqueaba la espalda y alzaba la cabeza sintiéndome derretir por dentro, y cada vez me movía un poco más deprisa, agilizando el ritmo; en consecuencia, yo gemía más alto cada vez, y me mordía los labios, y se los mordía a él, y apretaba mis uñas contra su piel, y él sus dedos contra mi carne.

Apretó mis caderas y me elevó un poco; yo le dí la espalda, pero giré un poco el torso para mirarle, abriendo un poco las piernas. Agarró mi cintura y poco a poco fue penetrándome de nuevo, pero esta vez, el ritmo lo llevaba Élet y era mucho más rápido y salvaje. Y a mí me gustaba, me encantaba que fuera tan pasional y desinhibido. Colocó sus manos en mis hombros y me apretó contra él, y le sentía dentro. Gritaba y jadeaba, pero no me sentía cansada. El placer que me daba, ese cosquilleo y los jadeos que le provocaba, se agachaba un poco y besaba mi espalda, notaba su sudor y él, el mío, y me mordía y... nada me podía excitar más en ese momento. Sus embestidas se hacían más fuertes, agarraba parte de mi melena con una mano y tiraba hacia él, y arqueaba mi espalda. Y a mí eso no me hacía daño, me excitaba aún más, de hecho, sonreía. Decidí jugar un poco con él, y girándome de nuevo un poco, le empujé hacia atrás para que se saliera de mí. Me incorporé de rodillas a él, y le miré cara a cara. Élet, avanzaba despacio hacia a mí, yo retrocedí hasta que mi espalda se pegó a la pared. Se avalanzó contra mi cuerpo y mi pierna derecha rodeó su cintura. Cogió mis nalgas y me impulsó hacia arriba, para que pusiera la izquierda también. Entonces, me penetró de nuevo contra la pared, una y otra vez, besándome, y jadeándome en la boca.
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MensajeTema: Re: Hubo una vez en que la Luna cayó del cielo.   Vie Nov 18, 2011 9:42 pm

Agarraba su melena con una mano y tiraba de ella hacía a mí, arqueaba su espalda y mi otra mano se colocaba sobre su hombro, apretándola para unas embestidas aún más salvajes. La sentía bien caliente, muy excitada. Me estaba volviendo completamente loco. Su pálida piel se veía más blanca con la luna sobre ella, sus cabellos rojos acariciaban su espalda y sus gemidos venían a mis oídos como una melodía. Gritaba en cada estocada, jadeaba y estrujaba entre sus manos las sábanas purpúreas.

Varios minutos después ella de despegó de mí. En un juego de miradas y movimientos, ella se giró para estar frente a frente y, cuando yo avanzaba hacia ella, Valayseth retrocedía. Así, hasta que pegó su espalda contra la pared. Me avalancé contra su cuerpo, podría decirse que casi desesperado. Levanté su cuerpo desde las nalgas, impulsándola hacia arriba, y ella me rodeó con sus largas piernas. Un brazo rodeó mi cuello, y el otro dejó la mano sobre a mi espalda. Cayó sobre mí lentamente, la penetré despacio; aunque las siguientes, fueron rápidas, fuertes. Quería oirla gritar, quería oir sus gemidos andiosos en mi oído, tal y como yo la jadeaba en la boca. Ella me besaba, y yo mordía sus labios, mordía sus mejillas, su oreja y también su cuello, el cual alzaba hacia atrás. Sus uñas se clavaban en mi piel y me provocaban un exquisito dolor; el placer que ella me daba me hacía volverme loco. Y veía como ella gemía, contenía la respiración y volvía a gemir. Esto sólo podía significar una cosa; aceleré un poco el ritmo y noté como de su sexo, su orgasmo se hacía físico. Sus piernas temblaban, y su cuerpo se abrazaba a mí vibrando.
Dejé su cuerpo sobre la cama y me indicó que me colocara encima. La estreché entre mis brazos, la aferré a mi cuerpo y volví a introducir mi miembro en ella. La rodeaba como si fuera a perderla, pero no, era todo lo contrario, la tenía a mi lado, gimiendo una vez más, tanto como yo jadeaba. Sentía que ya faltaba poco para acabar. Sentía que estaba a punto de estallar, era un increíble placer, y con ella era aún más delicioso. Yo llegué al punto culminante dentro de ella, soltando un par de gemidos ahogados.

Había quedado algo exhausto, respiraba muy fuerte por el cansacio. Me derrumbé a su lado, y la miré, sonriendo. No sabía qué hacer: si mostrarle cariño o ponerme los pantalones. O ponerme los pantalones y mostrarle cariño. Decidí meterme bajo las sábanas, la manta y apoyar mi cabeza sobre la almohada para mirarla. Ella me imitó. Era muy tarde, y no tenía ni idea de qué podía decirle.

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Valayseth van Zeissen

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MensajeTema: Re: Hubo una vez en que la Luna cayó del cielo.   Vie Nov 25, 2011 10:47 pm

Estaba exhausta después de el punto de culminación que me había dado, después de aquel orgasmo tan esperado y placentero. Me había vuelto loca, pero por suerte, ahora, en mi interior, se forjaba una sonrisa. Mi corazón latía muy fuerte, casi parecía que quería salírseme del pecho y escapar lejos para no darle más fatigas.

Él se metió debajo de las mantas. Quizás pensara en quedarse conmigo aquella noche. Ciertamente no quería que se marchara, ahora que había pasado lo que había pasado, por alguna razón, aunque no sabía dónde se dirigía aquello, quería que por lo menos esa noche se quedara a mi lado y no estar sola; dejar de estar sóla aunque fuese una sola noche. Imité sus gestos, acurrucándome bajo las mantas y sábanas violáceas, que estaban calientes y llamaban al sueño más profundo de tu mente para poder mostrarlo con el mayor encanto. Él me miró, sin saber qué decir. Yo tampoco podía pronunciar una palabra. Todo había ocurrido de repente, a pesar de haber durante un largo tiempo. Había sido un deseo impulsivo que ambos teníamos desde hacía ya mucho tiempo, o al menos ese era mi caso.
Miré sus orbes ambarinos, de miel clara con un toque anaranjado. También ellos me miraban curiosos, brillantes, como esperando algún acontecimiento importante. Sonreí sin enseñar los dientes, y miré al techo, como intentando ver algo más allá de un simple techo, como intentando encontrar algo que no sabía aún que era. Allí, nunca dormía nadie aparte de mí. Pero en mi habitación, él, podía irse o podía quedarse. Y yo aún no entendía por qué.

Volví a mirar sus hermosos ojos, y recorrí punto por punto todo su rostro. Cada centímetro de piel, cada pestaña de sus ojos, cada mota de miel aún más clara de sus ojos, su nariz recta y totalmente perfecta y su mentón esculpido, sus deliciosos labios con sabor dulce. Clavé la vista en sus ojos de nuevo:

- Quédate conmigo hoy.

- No me pensaba irme, Valayseth… no pensaba irme.

Y mientras me rodeó con sus fuertes brazos y besó mi frente con la mayor delicadeza vista jamás, mayor a la delicadeza con la que se trata lo más preciado. Estrechándome dulcemente, ajusté mi cuerpo al suyo cómodamente. Sabía que dormiría bien esa noche, por fin habría una noche agradable y serena, fuera de pesadillas. El nuevo día, para el cual faltaba poco, ya nos haría pensar. Intenté congelar mentalmente le tiempo, para que no llegara un nuevo día y pudiese mantener mi mente en blanco a su lado.

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Hubo una vez en que la Luna cayó del cielo.
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